Novichok: el arma contra los enemigos de Putin

Uno de los cuatro asistentes del vuelo Tomsk-Moscú de la compañía S7 Airlines pregunta por los altavoces del avión si hay médicos a bordo. Alexei Navalny, de 44 años y principal opositor de Vladimir Putin, se encuentra tendido en el suelo, gritando. Los pasajeros ven pasar a la tripulación con botiquines sin saber qué ocurre exactamente. Después de un aterrizaje de emergencia en Omsk, ingresan al crítico del Kremlin durante dos días, hasta que es trasladado al hospital Charité de Berlín, por petición de su familia y su equipo. Allí los médicos alemanes confirman las sospechas: Navalny ha sido envenenado.

No es la primera vez que un disidente del Gobierno ruso sufre un ataque de estas características. En la época de la URSS un agente del KGB (principal agencia de inteligencia rusa) asesinó en 1959 a Stepan Bandera, líder nacionalista ucraniano, tras dispararle con una pistola cargada con cianuro. También le sucedió algo similar a Gueorgui Markov, un periodista búlgaro que desde su programa de radio criticaba la gestión política de la URSS y los estados satélites. Mientras esperaba la llegada de un autobús en 1978 un hombre le pinchó en la pierna con un paraguas. El desconocido resultaba ser un agente del KGB y había cumplido con su misión; tres días más tarde Markov moriría envenenado con la ricina impregnada en la punta del paraguas del asesino. Después de la caída de la URSS, con la llegada de Putin al poder, los envenenamientos a oponentes no se han detenido. El presidente ruso parece encantado ante la opción de ver caer a sus rivales, como le había ocurrido a Markov y Bandera en la época de la URSS, bajo la tóxica influencia de la Dioxina, el Polonio y, el preferido, el Novichok. 

El recién llegado

El Novichok, que se traduce en ruso como “recién llegado”, es un grupo de agentes nerviosos que se desarrollaron en la URSS entre la década de los 70 y los 80, al amparo del programa Foliant, en el que los científicos rusos lograron sintetizar agentes más tóxicos que el VX -considerado como arma de destrucción masiva-. Durante aquella época las dos grandes potencias, URSS y EEUU, experimentaban para lograr la creación de armas binarias, un tipo de arma química cuya principal ventaja es que se forma en base a dos elementos químicos que son inofensivos por sí solos, por lo que su obtención y transporte no suponen ningún problema. Así los rusos crearon Novichok, a través de dos agentes neurotóxicos sintetizados. “Es más peligroso y sofisticado que el Sarín o el VX y es más difícil de identificar”, asegura el profesor Gary Stephens, experto en farmacología en la Universidad de Reading en Reino Unido.

Después de una serie de acercamientos materializados en forma de dos acuerdos entre la Casa Blanca y el Kremlin en lo relativo a las armas químicas -el Memorando de Entendimiento, 1989, y el Acuerdo Bilateral de Destrucción, en 1990-, se firma en Ginebra la Convención sobre las armas químicas (OPAQ), que prohíbe el desarrollo, la producción, el almacenamiento, la transferencia y el empleo de armas químicas; que se hizo efectiva en 1997. Se creó una lista en la que se incluyeron los tipos reconocidos de armas químicas, pero, por increíble que parezca, el Novichok no formó parte de ella hasta 2019.

Mientras los estados firmaban la OPAQ, Vil Mirzayanov, un químico ruso considerado como uno de los padres del Novichok, había entrado en escena con la publicación de una serie de artículos en los que exponía la realidad de las armas químicas. Rusia no había dejado de crear nuevos agentes químicos; aún existían Foliant y el Novichok, afirmaba. “La URSS intensificó el desarrollo y la investigación de los tipos de arma química más modernos durante los escenarios finales de la negociación de la Convención sobre las armas químicas (…) Para mí eso era hipocresía de primer orden: internacionalmente el gobierno soviético pretendía haber parado la producción de armas químicas, mientras costeaba un programa para desarrollar esas armas a costa de sus propios ciudadanos.” Contó Mirzayanov, quien afirma que el Novichok es entre 5 y 8 veces más potente que el agente VX y es, desde 1990, parte del armamento ruso.

Mirzayanov registro de Novichok

Mirzayanov perdió su trabajo y fue acusado de revelación de secretos de estado por haber alertado sobre el peligro nuclear de esta arma. Aseveró que había suficiente cantidad como para un segundo Chernobyl.

Lo que no imaginaba era que en el gobierno había otros planes para el Novichok.

Veneno para la oposición

El 30 de junio de 2018 dos ambulancias llegaban desde Amesbury, una ciudad al sur de Inglaterra, al hospital de Salitsbury. La primera ambulancia llevaba a Dawn Sturgess, una mujer de 44 años y tres hijos, y que se encontraba en estado crítico. De la segunda ambulancia sale su pareja, Charley Rowley, en un estado grave pero mejor que el de ella. Ambos habían sido envenenados con Novichok, el veneno reservado a los enemigos del gobierno ruso.

Nada tenían que ver Dawn y Charley con Rusia. Lo que les sucedió a ellos había sido un accidente, un cabo suelto más de un ataque sobre el que habían leído en los periódicos casi cuatro meses antes y que había tenido lugar el 4 de marzo en Salitsbury, a 11km de su domicilio en Amesbury. A Serguei Skripal, un veterano entre los espías rusos de 66 años, le encontraron aquel día inconsciente en un banco del centro comercial de Salitsbury junto a su hija Yulia, de 33 años, que había ido a visitarle desde Moscú.

Skripal había nacido en la ciudad rusa de Kalingrado, en la época de la URSS. Se formó en ingeniería miliar y acabó trabajando para el Departamento Central de Inteligencia ruso (GRU) en Malta para aterrizar después en Madrid. Según el Servicio Federal de Seguridad ruso (FSB) fue allí donde le reclutó el servicio de inteligencia británico, el MI6. Así Skripal comenzó su carrera como uno de los muchos agentes dobles que nadan entre aguas rusas y británicas. Serguei volvió a Moscú por problemas de salud causados por su enfermedad diabética y allí siguió trabajando hasta 1999, año en el que decidió jubilarse. Aunque sólo ante el papel, ya que incluso entonces siguió pasando información al MI6, motivado seguramente por los 100.000 dólares que los británicos le pagaban. Skripal siguió en el negocio hasta que un día de 2004 fue arrestado, acusado de alta traición por haber revelado los nombres de más de 300 espías rusos que conocía gracias a su cargo de Director Principal del GRU.  

Dos años después llegó su condena: 13 años de cárcel, de los que sólo cumpliría 4. En 2010 Skripal y otros tres espías rusos que cumplían condena llegaron al aeropuerto de Viena. Se estaba llevando a cabo el mayor intercambio de espías entre Estados Unidos y Rusia desde la Guerra Fría. Desde Viena llegó a Salitsbury y también allí continuó facilitando información sobre los espías rusos y sobre un tema aún más espinoso: la relación de la mafia rusa con los servicios gubernamentales de Putin. Según una investigación de la BBC, Skripal le había pasado información al respecto a diplomáticos checos y españoles.

Después de que encontrasen a Skripal y a su hija Yulia inconscientes el 4 de marzo de 2018, ambos fueron ingresados en el hospital sumidos en un coma del que despertaron semanas después. Una semana después Theresa May, que por entonces era la Primera Ministra británica, anunció en la Cámara de los Comunes que el responsable de la enfermedad de Skripal y su hija era el Novichok. May apuntó directamente al gobierno de Putin aquel día diciendo: “O este fue un acto directo del Estado ruso contra nuestro país, o el gobierno ruso perdió el control de este agente nervioso potencialmente catastróficamente dañino y permitió que cayera en manos de otros”.

Las pesquisas siguieron avanzando en la casa del agente doble ruso y los investigadores encontraron en el pomo de la puerta los mayores restos de aquella peligrosa sustancia en estado líquido. La situación era grave, ya que un veneno de las características del Novichok podía haberse extendido por muchos lugares, no sólo aquellos visitados por Skripal y Yulia. El “recién llegado” ni se evapora ni desaparece con el tiempo, costó miles de millones de dólares intentar que Inglaterra quedase libre del veneno ruso. A pesar de los esfuerzos británicos la tarea quedó en un intento porque cuatro meses después Charley Rowley encontró un frasco de perfume en una papelera que le regaló a su pareja Dawn Sturgess, quien se rocía las muñecas con el perfume, que no era otra cosa que Novichok en estado líquido. Días después de ingresar en el hospital falleció a causa de la potente dosis de veneno que su cuerpo había absorbido. Su compañero Charley Rowley sobrevivió.

Theresa May llegó a la Cámara de los Comunes para, una vez más, hacer un anuncio sobre el caso. Conocían los nombres de los sospechosos del ataque a los Skripal: Ruslan Boshirov y Alexander Petrov, aunque se sospechaba que aquellos eran seguramente alias. Tiempo después los investigadores relacionaron también a Denis Sergeev, un oficial del GRU de alto rango que había estado en Londres sobre las mismas fechas, cuyo papel en el ataque no está esclarecido. The Insider y Bellingcat, un colectivo de investigadores y periodistas independientes, entraron en escena. Consultaron fuentes rusas que les aseguraron que sujetos así sólo podían provenir de la Academia de Comando Militar, en el oriente ruso. En la página web de la academia encontraron un artículo en el que se informaba de que los alumnos se habían convertido en “héroes de rusia”, el más alto reconocimiento militar. La página incluía una lista de doce nombres; diez de ellos habían conseguido el logro por sus ejercicios militares en Afganistán, pero a los dos restantes se les había concedido por orden directa de Putin recientemente. Uno de ellos no encajaba con las características físicas que ya conocían gracias a las fotos de los pasaportes falsos, pero el otro sí.

Se llamaba Anatoliy Chepiga y era un veterano soldado que había servido en Chechenia y Ucrania, donde había conseguido el reconocimiento de héroe de rusia. También viajaba frecuentemente a Europa, concretamente a Reino Unido. Anatoily Chepiga era Ruslan Boshirov. No tardaron en descubrir que Petrov era en realidad Alexander Mishkin, un médico vinculado a las fuerzas armadas rusas. Ambos concedieron una entrevista a la RT en la que reconocieron ser Petrov y Boshirov. Aseguraron no ser soldados de las fuerzas armadas rusas y que habían ido a visitar Salistsbury por recomendación de unos amigos. Chepiga, o Boshirov, incluso se explayó describiendo las características arquitectónicas que convertían a la catedral de Salitsbury en una ineludible visita turística. Además, se mostraron de lo más molestos con el trato recibido, esperando que los ingleses se disculpasen con ellos por las acusaciones vertidas en su contra. “Ya no podemos ni ir a repostar el coche en paz”, dijeron cariacontecidos. La actuación de los espías, no acostumbrados a sentarse frente a las cámaras, fue pésima y Putin no tardó en trasladarles de sus puestos de trabajo. A pesar de ello el Estado les protegió y no prestaron declaración en el proceso judicial británico.

Andrey Lugovoy, diputado de la Duma por el Partido Liberal ruso, decidió hablar respecto a lo acontecido a Skripal: “Algo les pasa constantemente a los ciudadanos rusos que huyen de Rusia o que por alguna razón eligen para sí mismos una forma de vida que ellos llaman un cambio de su patria. Así que cuanto más acepte Gran Bretaña en su territorio cada inútil, cada escoria de todo el mundo, más problemas tendrán”, dijo. Lugovoy es, además de un envalentonado diputado ruso, uno de los sospechosos del envenenamiento con polonio-210 que acabó con el opositor Alexander Litivenko en 2006. La justicia británica también reclamó su presencia en Reino Unido para explicar lo sucedido, pero por su condición de diputado y ciudadano ruso jamás se presentó ante la justicia.

Posibles consecuencias

Después del caso Skripal, Reino Unido tomó sus medidas, aunque las autoridades no pudieran hacerse con los principales sospechosos. El gobierno decidió expulsar a 23 diplomáticos rusos, otros 20 países se sumaron a esta iniciativa con Estados Unidos a la cabeza, expulsando a 60 representantes. Además, Reino Unido aumentó los controles en los vuelos privados, congeló los activos estatales rusos siempre que hubiera sospechas de que fuesen a utilizarse para amenazar a los británicos de alguna manera y suspendieron todos los contactos bilaterales con Rusia, entre otras medidas. El gobierno del gigante euroasiático calificó las declaraciones de May como inaceptables y defendieron que el envenenamiento no era más que “una invención y una provocación grotesca organizada con rudeza por las agencias de inteligencia británica y estadounidense para socavar a Rusia”.

De momento nada similar ha sucedido después del envenenamiento de Navalny, salvo la negativa de Rusia de asumir cualquier responsabilidad. Puesto que el político fue trasladado a Alemania, la pelota está en el tejado de Merkel, quien aseguró que se trataba un “intento de asesinato con veneno” y advirtió de que buscará una respuesta conjunta a escala de la Unión Europea y la OTAN.

Rusia ha llegado a acusar al propio Navalny de haber fabricado él mismo Novichok y de haberse envenenado a sí mismo. Países como Estados Unidos, Reino Unido o Francia han mostrado su rechazo ante lo acontecido, sin olvidarse de señalar al Kremlin, pero no ha habido aún una respuesta colectiva. La oposición alemana no ha perdido la oportunidad de sugerir que se detengan las obras del controvertido y caro gaseoducto Nord Stream2, propiedad de una empresa del gobierno ruso. Annalena Baerbock, colíder del partido de los verdes apuntó: “Financia indirectamente a un régimen que no rehúye el uso de armas de destrucción masiva prohibidas”. Según algunos economistas, como Claudia Kemfert, Alemania no necesitaría necesariamente el gas ruso ya que podría mantener su uso al mismo nivel que en la actualidad accediendo al gas de Oriente Medio, África Occidental o América. El problema es que Alemania ya ha invertido parte de los 8.000 millones de euros que ha costado el proyecto, al que sólo le faltan 150 kilómetros para finalizar.

Mientras se debatía al respecto, Navalny se despertaba el 7 de setiembre del coma en el que se encontraba inducido desde su ingreso en el Hospital Charité. Un médico comienza a entrar en su habitación todos los días con una pizarra con el objetivo de comunicarse con el político que a los pocos días de despertar no podía hablar y a duras penas entendía lo que la gente le decía. Después de 32 días en el hospital los médicos decidieron que era el momento de darle el alta al paciente que, aunque ya estable, aún tiene secuelas del envenenamiento. Navalny le ha contado a Der Spiegel que al terminar su proceso de recuperación volverá a Moscú: “No volver significaría que Putin ganó y logró su objetivo. Y mi trabajo ahora es seguir siendo el tipo que no tiene miedo. ¡Y no tengo miedo! No le daría a Putin el regalo de no regresar a Rusia.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s